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Copyright Francisco José Del Río Sánchez 2008

domingo, 8 de junio de 2008

El ego

Cuando comenzamos una práctica espiritual se produce un fenómeno, que puede parecer contradictorio, pero sobre el que el maestro Deshimaru insistía mucho: “cuando comenzáis a hacer zazen debéis de tener cuidado porque vuestro ego se fortalece.”

¿No era el ego la fuente de todos los males?, ¿Cómo es posible que meditar lo fortalezca?; la respuesta es sencilla, cuando empezamos un trabajo de introspección, cuando meditamos, comenzamos a observar nuestro interior, empezamos a vislumbrar como somos, cual es el origen de nuestros traumas o bloqueos emocionales; empezamos a solucionar cosas, primero en pequeña medida, empezamos a aceptarnos en pequeñas facetas y nuestro maltrecho ego por consiguiente se fortalece.

Comprendemos algo muy importante, que para transcender nuestro ego primero tenemos que sanarlo, y hacernos íntimos con nosotros mismos, es decir aceptarnos en nuestra forma de ser.

Muchas veces el trabajo espiritual no basta, a veces las heridas de nuestro ego no pueden sanarse solo comprendiéndolas, sino que hace falta una ayuda exterior, como pude ser terapia psicológica, regresiones hipnóticas, respiración holotrópica, constelaciones familiares, sanaciones, etc.

Pero al final la decisión última es nuestra, decidir solucionar nuestros problemas y dar el paso de abandonar las características de nuestra personalidad, mecanismos de defensa surgidos durante nuestra infancia y que tienen su origen en el bloqueo que sufre nuestro impulso primario de búsqueda de la felicidad absoluta, que todos traemos al nacer, ante las represiones a los que somos sometidos por la sociedad neurótica en la que tenemos que desenvolvernos. El ego es un formidable mecanismo de defensa; las características de nuestra personalidad son la coraza, que nos defiende de las agresiones emocionales que recibimos en nuestra infancia; pero también son los barrotes de nuestra cárcel de oro, que nos impiden relacionarnos correctamente con los demás, y mantienen preso a lo más valioso de nuestro ser, la posibilidad de expresar nuestra autentica naturaleza, nuestro carácter divino.

1 comentario:

Carolina dijo...

Estoy de acuerdo.
Cuando comienzas a "crecer", te maravillas de tí mismo.
Es muy difícil evitarlo, quizás imposible.
Pero en ese camino estamos.
En dejar ese ego atrás.
En darnos.
En fundirnos con todo lo que es.
En alcanzar nuestra verdadera naturaleza.