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Copyright Francisco José Del Río Sánchez 2008

lunes, 7 de julio de 2014

El error de perdonar



El perdón está de moda, es la nueva panacea que resolverá nuestros males, diversos métodos no entrenan en su uso para descanso de nuestra alma. El perdón es una decisión que tomamos ante las supuestas afrentas recibidas, es fruto de nuestra voluntad consciente, además desde pequeños se nos adoctrino en que perdonaran nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Nada que objetar respecto a nuestro sustrato cultural, ni  con nuestro inconsciente colectivo. Todos contentos, aprendemos a perdonar y damos cumplimiento a nuestros impulsos inconscientes. Estamos liberados de la esclavitud del odio y nos aproximamos al amor puro, incondicional.
Pero ese supuesto amor siempre se vuelve a alejar, detrás de esa voluntad consciente de perdonar, hay otra voluntad que no conoce el perdón pues no concibe su existencia, que no entiende de ofensas pues todo tiene un sentido, que no cree que pueda comprender las motivaciones de los demás pues no juzga nada. Es una voluntad ajena al egoísmo de creer que por empatía, por comprensión, podemos liberar al otro de la carga de su responsabilidad sobre el daño causado, que se aleja de la autojustificación complaciente de que pude hacer daño a otros fruto de mis limitaciones y de mis patrones traumáticos de mi personalidad. Nuevos dioses por encima del bien y el mal creen entender las motivaciones del comportamiento humano, siguiendo el hilo de Ariadna de las motivaciones inconscientes para perderse en su propio laberinto.
Es una voluntad que podemos observar en los niños de meses, una voluntad que sólo busca conocer, amar y sentir placer, que no busca comprender las motivaciones de su actos ni las de los actos de los demás, que tan sólo se esfuerza en una tarea titánica por vivir y experimentar; sin lenguaje sin ego, su voluntad no divaga entre los eternos vericuetos de la mente, sino a través de la simpleza del ahora; pequeñas antorchas de luz que intentan alumbrar nuestro camino.
Creo que alguien, una vez, antes de morir dijo: “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen”, no dijo os perdono porque no sabéis lo que hacéis. El yo nunca puede perdonar, nunca puede comprender, siempre hace que se marchite la compasión, pero tras la infinita miríada de pensamientos hay una flor, que cuando florece el mundo se levanta, dejémosla florecer, sólo es necesario un momento de atención, una leve intuición de observar lo realmente existente.





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